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Agua y Aceite

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Agua y Aceite

Mensaje por Simba el Lun Ene 25, 2016 2:25 am

Es este otro fic que me gustaría compartir con ustedes. En esta ocasión, será un crossover entre los personajes de Percy Jackson y la terecera generación de Harry Potter (sus hijos, sobrinos, etc.). También lo tengo en ELDS, pero no he recibido respuestas.

Espero que les guste.

_________________________________________

1. Un par de monstruos nos atacan en pleno Manhattan (Ethan)

Supongo que todo sucedió aquella tarde cuando había salido de la escuela junto a Samantha y Jacob, mis mejores amigos.

Solamente faltaban tres días, sólo tres días para que las clases terminaran y los tres pudiéramos regresar al Campamento Mestizo, el único lugar seguro para nosotros. Sin embargo, aunque era casi verano, el cielo comenzaba a cerrarse con nubes negras, amenazando con llover en cualquier momento. Un mortal cualquiera podía pensar que eso se debía al clima, pero lo bueno que tiene se un semidiós es que, si tienes un mal día, puedes echarle las culpas a los dioses.

Sin embargo, lo que sucedía en ese momento era algo fuera de serie, pues cada vez se ponía más oscuro y de vez en cuando aparecían relámpagos en el cielo.

―¿Qué es eso? ¿Un toro, aquí?― preguntó Jacob.

En efecto, se escuchó un mugido parecido al de un toro o una vaca. Al principio, parecía lejano, pero después se volvió a escuchar. Esta vez se oía más cerca y parecían dos, acompañados del resonar de cuatro pezuñas. Yo creía saber lo que era, pero esperaba equivocarme. Ojala me equivocara.

―No― respondí ―Pero desearía que fueran toros normales.

Apenas dije eso, dos monstruos con un aspecto de humano y toro doblaron una esquina, olfatearon del aire y luego comenzaron a correr hacia la izquierda, en dirección hacia nosotros. Ambos llevaban en sus manos ―o lo que vendrían a ser manos― un enorme hacha de guerra cada uno. Uno de ellos lanzó un mugido mientras corría hacia donde nos encontrábamos. Como el toro es el animal de mi padre pude entenderlo clarito lo que había dicho: “Van a morir, semidioses”, aunque suponía que cualquier habría descifrado el significado de ese mugido aún sin ser hijo de Zeus. Lo mismo sucedía con las águilas, además de que puedo transformarme en una de ellas. Sin embargo, debes de saber que esto únicamente pudo hacerlo yo. Es extraño, pero por el momento parece que soy el único hijo de Zeus en miles de años que puede convertirse en uno de los animales que se le atribuyen a mi padre (así como los hijos de Poseidón pueden hablar con todo lo que sea un caballo o familia de él). En fin, sigamos con la historia...

―Minotauros― murmuró Samantha mientras retrocedía un par de pasos.

Me quité el collar que siempre llevaba en el cuello y comencé a hacerlo girar mientras lo tomaba del cordón haciendo que, de un segundo a otro, estuviese blandiendo en mis manos una espada de Oro Imperial, una material que sólo es eficaz en semidioses, dioses y monstruos. Samantha, por su parte, se descolgó su mochila y de ella sacó un arco y un carcaj ―pues se trataba de una mochila mágica sin fondo donde podía guardar cuanta cosa deseara sin importar su tamaño y sin sentirla pesada―, el cual rápidamente se puso al hombro y preparó una flecha para disparar. Mientras que Jacob sacó un dracma griego de su bolsillo y lo hizo girar en el aire, pero al caer y tomarlo entre sus manos ya no eran una moneda antigua, sino una espada corta y un escudo.

Blandí mi espada y asesté un mandoble en el brazo de una de las criaturas, haciéndole soltar un mugido pero que únicamente le provocó que se enfureciera y tratara de partirme a la mitad con su arma, que por poco logré esquivar, pero entonces me golpeó con un puño haciéndome volar y darme la espalda contra el muro de un comercio que, de haber sido normal, habría provocado que se me rompieran varios huesos ―incluso dudé en ese momento si no tendría uno que otro hueso roto―. La pie de esos minotauros era casi impenetrable. Haría falta demasiada fuerza y precisión para lastimarlos.

Me incorporé de forma algo torpe mientras sacudía mi cabeza y me recuperaba del golpe. Al principio estaba algo mareado, pero logré recuperarme enseguida y ver a Samantha lanzandole una de sus flechas al otro minotaruo, que se clavó en su antebrazo y lo hizo mugir. Sin embargo, eso no era necesario. Faltaría mucho más que un rasguño con el filo de una espada o una flecha clavada en uno de sus bíceps. Jacob comenzó a correr tan rápido como era capaz de hacerlo un hijo de Hermes, haciendo que los dos minotauros se juntaran y no supieran en qué dirección atacar. Entonces uno de ellos trató de lanzarle un puñetazo y, de pura suerte, logró hacerlo y mandarlo a volar y caer cerca de dónde estaba.

―¿Estás bien, Jake?― pregunté mientras me acercaba a él.

―Eh... una vaca humanoide me ha golpeado en el estomago con su super-puño― contestó mientras se levantaba y se sobaba la cabeza ―, pero estoy bien.

Puse los ojos en blanco. Por lo menos, el sentido del humor no se le había ido, señal de que todavía estaba bien. Así que voltee para ver a los minotauros y a Samantha. Ella les lanzaba flechas a diestra y siniestra, pero eso no era suficiente. En un momento pude ver que ella estaba distraída lanzadole flechas a uno de ellos, mientras que el otro se preparaba para partirla a la mitad con su hacha gigante.

―¡Cuidado atrás!― le grité.

Recé a mi padre y a todos los dioses que ella me hubiese escuchado y tuviese los reflejos necesarios como para voltear, ver el hacha sobre ella y correrse en el momento gusto antes de que el minotauro pudiera golpearla y hacerla picadillo. Por suerte, gracias a los dioses, ella me escuchó y se movió de en medio justo cuando el hacha caía sobre ella, haciendo que el minotauro partiera a la mitad a su amigo. Justo en ese momento, el minotauro herido se convirtió en una arenilla de color dorado y desapareció, siendo enviado directo al Tártaro. Eso era lo bueno que tenían los monstruos; cada vez que uno moría, se convertía en polvo y desaparecía. Y, ahora, sólo nos quedaba uno.

El otro minotauro se quedó mirando un momento el lugar donde había estado su compañero, sorprendido de que él le hubiese provocado la muerte. Para ser uno de los monstruos más tontos que existen, era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de lo que había hecho. Sin embargo, pronto se recuperó de la sorpresa, agachó la cabeza mostrando sus puntiagudos cuernos y comenzó a correr hacia Samantha, tratando de embestirla mientras lanzaba un mugido de ira. Ella trató de correr y escapar del miontauro, pero él casi le pisaba los talones y en pocos segundos lograría alcanzarla, y estaba seguro que una embestida de esas no sería nada lindo de ver. He visto varios accidentados en corridas de toros y no son para nada lindos de ver, ser embestido por algo mucho más grande con forma de toro y hombre, suponía que debería de ser aún más horrible.

Entonces, en un impulso de salvar a Samantha, di unos pasos adelantes, extendí mi brazo izquierdo con la mano abierta e hice un ademán. En ese momento, un ráfaga de aire pasó y movió a Samantha hacia donde nos encontrábamos Jake y yo. Por suerte, no parecía tener ninguna herida visible ni grave.

―¿Te encuentras bien?― le pregunté de todas formas, para asegurarme.

Aunque el que estaba mal era yo, pues mover a Samantha me había quitado algo de energía, pero no era nada importante. Lo que importaba en ese momento era que ella estuviese bien.

[Quita esa sonrisa del rostro, Jacob. ¿Acaso no puedo preocuparme por una amiga?]

―Sí, estoy bien― respondió ―, gracias― agradeció y luego volvió a mirar al minotauro, quien nos había visto y ahora se dirigía hacia nosotros ―¿Qué haremos? No podemos vencerlo nosotros solos.

Me quedé pensando durante un minuto cuando entonces se me ocurrió algo. Podía invocar tormentas y relámpagos, pero eso generalmente me consume demasiada energía, dependiendo la cantidad que utilizara... Como había sucedido al usar los vientos para salvar a Samantha. Calculaba que necesitaría bastante energía para convocar un relámpago y asesinar a un minotauro. Pero si resultaba, estaríamos fuera de peligro.

―Tengo una idea― dije y levante mi espada ―Confía en mí.

―No. Te matara― me advirtió ella mientras me sujetaba del brazo que tenía la espada y trataba de hacérmelo bajar.

―Confía en mí― repetí y me solté de ella.

El minotauro ya se encontraba a unos metros de nosotros. Volví a levantar la espada. Uno truenos sonaron en el cielo y de un momento a otro, un relámpago bajó y dio de lleno contra el cuerpo del monstruo. Como había supuesto, eso me gastó demasiada energía que me hizo tambalear y caer de espaldas que, de no ser por Samantha, hubiese caído al suelo. Qué vergüenza, pero por lo menos el minotauro había muerto.

―¿Estás bien?― me preguntó.

―S-sí― respondí mientras me ponía de pie y me tomaba la cabeza ―Estoy bien, no te preocupes.

Justo en ese momento aparecieron corriendo un chico y una chia de nuestra edad; él tenía el cabello negro y los ojos azules. Y ella era rubia y de ojos grises. Los dos iban vestidos como chicos normales, pero yo los reconocí enseguida...

―Percy, Annabeth― dijo Samantha.

―Supimos que habían dos minotauros aquí― respondió Annabeth ―Venimos a ayudarlos, pero parece que ya se las han arreglado solos.

―Sí, bueno...― dije pasándome la mano por detrás de la cabeza ―, más o menos.

―Vamos. Los llevaremos al campamento― anunció Percy.

―Pero todavía no han terminado las clases― replicó Sam, aunque yo estaba ansioso por volver al campamento. ―Es decir, todavía no es momento de ir.

La expresión de Annabeth se ensombreció.

―Algo malo está sucediendo, algo relacionado a los mortales y a los dioses. Debemos irnos ahora al campamento― terció Annabeth ―, en el camino les explicamos lo que sucede.

No dijo nada más y se fue caminando junto a Percy. Nosotros los seguimos. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué pasaba ahora que involucraba a los mortales y a los dioses? ¿Una nueva guerra? No tenía forma de saberlo. Sin embargo, antes de comenzar a caminar, miré a nuestro alrededor y pude ver que allí se encontraba una multitud de mortales reunidos en la acera, mirándonos atónitos mientras que otros nos enfocaban con celulares y cámaras filmadoras. Por sus expresiones, daba por sentado que habían visto todo, pero era imposible. Sólo los niños, con sus mentes inocentes y creativas, podían ver lo que realmente sucedía en el mundo. Sin embargo, un escalofrío recorrió mi espalda al pensar en eso. Annabeth dijo que algo malo estaba sucediendo, algo que involucraba a dioses y mortales. No... no podía ser cierto. Me negaba a creer que todas esas personas nos habían visto a mí y a mis amigos luchar contra los minotauros.

Finalmente, cuando quise darme cuenta, Annabeth y Percy giraron a la derecha y se metieron en un callejón. Sam, Jake y yo cruzamos miradas de no saber lo que sucedía, pero nos metimos allí. Para nuestra sorpresa, al final del callejón se encontraban dos pegasos amarrados a un carro de dos ruedas, un carruaje. Ellos dos se subieron y Percy tomó las riendas.

―Tuvimos que esconderlo aquí― nos dijo Annabeth mientras nosotros subíamos ―No pregunten, está relacionado con lo que está sucediendo.

Percy movió las riendas y los caballos comenzaron a trotar por el callejón, desplegaron sus alas y comenzaron a volar. En pocos minutos, los cinco sobrevolábamos Manhattan. Sus edificios se veían tan pequeños desde arriba que parecían de chiste. Sobrevolamos uno de sus ríos, el cual pronto se convirtió en un línea azul desde donde nosotros estábamos.
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Re: Agua y Aceite

Mensaje por Simba el Lun Mayo 09, 2016 3:55 pm


2. Tengo una charla con el Señor de los Cielos.

ETHAN

Tras menos de treinta minutos de viaje comenzamos a ver el extenso bosque que rodeaba el campamento y, minutos después, estuvimos aterrizando dentro del mismo Campamento Mestizo, cerca de los establos. Todos bajamos del carruaje tras llegar, siendo Percy el encargado de meter a los pegasos de nuevo en el establo. Observé a mi alrededor mientras me acomodaba mi mochila sobre un solo hombro y esperábamos a que Percy apareciera. Sátiros y semidioses iban y venían, otros chicos se encontraban en el campo de entrenamiento entrenando. Sin embargo, al campamento le faltaba ese toque de... emoción. Podía sentir una especie de tensión o preocupación en el aire. Seguramente todos ya se habrían enterado de lo que estaba sucediendo, aunque tenía la sensación de que Annabeth no nos había querido contar todo lo que sucedía, más allá de que quisiera que fuese Quirón quien nos lo dijera. Para mí que había algo mucho peor detrás de todo eso, algo que hacía que en todo el campamento se sintiera ese clima de tensión.

Sam, Jake y yo intercambiamos miradas y, apenas miré sus expresiones, supe que ellos también habían notado que algo definitivamente andaba mal.

―Vamos. Quirón y Dionisio los están esperando― nos dijo Annabeth luego que Percy se hubiese reunido con nosotros.

Nadie dijo nada y comenzamos a seguirla hacia la Casa Azul. Al pasar observé la cancha de voleibol que, generalmente, se encontraban sátiros y semidioses jugando. Sin embargo, en esta ocasión no había nadie. Finalmente llegamos, Annabeth y Percy abrieron la puerta y entraron primero, seguidos por mí, Samantha y luego Jacob. Ambos nos guiaron a los tres hacia el despacho del Señor D o Dioniso, el director del campamento.

Al llegar, Annabeth abrió la puerta del despacho y nosotros tres entramos, viendo que allí se encontraba el mismo Dioniso sentado en su escritorio y Quirón de pie a su lado. También logré ver que allí, además de Quirón y el Sr. D, se encontraban cuatro chicos, todos de más o menos nuestra edad, a los cuales pude reconocer de inmediato. Era Rachel Dare, el Oráculo; Leo Valdez, el hijo de Hefesto y Líder de su cabaña; Piper McClean, la hija de Afrodita y Líder de su cabaña; y Jason Grace, mi medio hermano romano, el hijo de Júpiter y Líder de la Cabaña de Zeus. Sin embargo, las expresiones de todos eran serias, incluso la de Leo, que siempre tiene algo que decir o trata de hacer reír a los demás.

―¡Vaya! Al fin llegan, Isabel― dijo Dioniso, hablándole a Annabeth ―¿Dónde se habían metido?

―¡Es «Annabeth»!― replicó ella ―Y no nos tardamos demasiado.

―Como sea― respondió él.

El Señor D. iba a seguir hablando de no ser porque yo lo interrumpí. Lo sé, no debería de haberlo hecho, pero las cosas no estaban como para una pelea de cómo se decía correctamente el nombre de cada uno.

―Quirón, ¿qué es lo que sucede? ¿Qué está pasando?― inquirí ―Los mortales parecen estar viendo lo que sucede. Pareciera que...

―La Niebla está cada vez más débil― la voz de Quirón sonaba profunda y seria ―Sí, la Niebla de los dioses ya no está funcionando como antes. Los mortales pueden ver el verdadero mundo que los rodea.

―Lo sabemos― indicó Jake ―Cuando nuestra batalla contra los Minotauros, varios de ellos se quedaron filmando.

―¿Filmando?― Quirón pareció alterarse durante un momento, luego volvió a tranquilizarse. ―Bueno, no sabemos qué fue lo que vieron exactamente esos mortales ni tampoco tenemos forma de saber qué fue lo que pudieron capturar en vídeo. Lo que sí sabemos es que la Niebla es cada vez más débil. Sí los mortales llegan a descubrir que todo su mundo es gobernado por dioses lo más probable es que se revelen, que quieran una guerra, una guerra contra los dioses.

―¿Una guerra contra los dioses?― preguntó Sam ―¿De verdad serán capaces de llegar a eso? Es decir, los dioses son más fuertes.

―No sabemos de lo que son capaces ― dijo Dioniso destapó una botella de vino y se sirvió una copa aunque, apenas el líquido todo el fondo, se convirtió en agua. El Señor D. lanzó un gruñido.

―Bueno, pero supongo que habrá alguna forma de impedirlo― supuse ―Algo se podrá hacer para que la Niebla vuelva a ser como antes.

Toda la estancia se sumió en un silencio sepulcral, al principio temí haber dicho algo inadecuado y meter la pata. Sin embargo, pronto me di cuenta de que la idea de una solución era lo que provocó eso. Así que, por eso mismo, asumí que habría una solución... aunque no una buena.  

Quirón dirigió la mirada hacia Rachel que todavía se encontraba sentada en el sofá sin decir nada, y asintió. Ella se puso de pie y se acercó a nosotros.

―He tenido una visión― comenzó a decir, aunque de una forma algo seria. Sin importar lo que fuese, debería de haber sido algo no muy bueno ―Están todos ustedes, los ocho. Sin embargo, en mi visión no están solos, también se encuentran otros chicos junto a ustedes, son seis en total... Ustedes se encuentran junto a ellos en una estación londinense de trenes... King's Cross... Sí, King's Cross, así se llama... Luego, ambos viajan en un tren hacia algún lugar, no pude ver bien el nombre del tren, pero se dirigen hacia un castillo donde se encuentran muchos chicos más de diversas edades... Sin embargo, todos juntos deberán de unir fuerzas para poder restaurar el orden en el mundo, según dice la profecía:

Una nueva historia comienza
Ocho semidioses y seis magos deberán unir fuerzas
Para enfrentarse a los mortales, una promesa deberán mantener
Bajo la tormenta o la magia, la paz deberá volver

Todos nos quedamos en silencio nuevamente, ahora porque no sabíamos qué decir. Ocho semidioses era comprendible, pues entre todos sumábamos ocho, pero ¿seis magos? ¿Acaso serían los mismos chicos de la estación de trenes? Por otro lado, ¿una promesa que mantener? ¿Bajo la tormenta o la magia? Las profecías jamás eran claras, y ésta no era la excepción.

Carraspeé, supuse que si alguien no decía nada, entonces debería de hacerlo yo.

―Bien, pues, ¿qué estamos esperando?― dije ―Debemos viajar a Londres, buscar a un grupo de chicos y evitar que los dioses y los mortales entren en guerra. Tenemos mucho para hacer, así que hay que prepararnos.

―Ethan tiene razón, es mejor empezar ya― asintió Jason.

―Deben de tener mucho cuidado― nos advirtió Quirón ―Esta misión es muy distinta a las demás, ahora deberán de tener mucho cuidado su comportamiento y las cosas que hacen, no sabemos hasta dónde los mortales pueden ver las cosas como son. Tengan mucho cuidado.

Todos salimos de la Casa Azul y lo primero que discutimos fue cómo haríamos para llegar a Londres. Jacob propuso que podríamos debajo debajo del agua si Percy creaba una de sus burbujas de oxígeno para que nosotros pudiéramos respirar. Sin embargo, rápidamente fue descartada. Leo propuso que podíamos usar el Argo II, el mismo barco que él y el resto de los semidioses de la Profecía de los Siete utilizaron para derrotar a Gaia. No obstante, ¿y si lo humanos podían ver al barco volar? ¿Qué dirían si viesen a un gran barco navegar por el mar y, cuando atracara a un muelle, viesen que no iban más que chicos de diecisiete años? La idea no fue muy aplaudida, pero no teníamos mejores. Además, Leo se había ofrecido para hacerle algunas reparaciones y ajustes de forma que el barco pareciera invisible aunque, obviamente, era algo imposible.

Lo segundo que hicimos tras decidir en qué iríamos, fue preparar nuestras cosas. Así que todos nos dirigimos a nuestras respectivas cabañas y comenzamos a prepararnos para la cruzada. Jason, al ser hijo de Júpiter ―el equivalente a Zeus en la mitología romana― y no tener cabaña en el Campamento Mestizo, se dirigió conmigo a la Cabaña #1, la cabaña de Zeus. Allí los dos comenzamos a preparar todo en silencio, trabajando en perfecta armonía durante toda la tarde.

Yo tomé una mochila celeste que parecía común y corriente pero que no tenía fondo ―parecida a la mochila de Samantha―. Es decir, podía poner todas las cosas que deseara y jamás la sentiría pesada. Era perfecta, así que coloqué allí dentro todas las cosas que podría necesitar, así como armas (una ballesta y flechas, y algunos cuchillos arrojadizos). Además, coloqué Ambrosia y Néctar, lo cual podía resultar muy útil si perdíamos muchas energías o eramos gravemente heridos.

◊ ◊ ◊

Sin darme cuenta, se me fue toda la tarde arreglando mi mochila y demás cosas y ya comenzaba a entrarse el sol. Todos nos acostamos temprano, ya que ni siquiera había humor para una fogata como todas las noches. Sin embargo, me era difícil conciliar el sueño. Probé poniendo de lado, boca arriba, boca abajo. Nada daba resultado. Frustrado, me puse boca arriba sobre mi litera y resoplé mientras miraba el techo abovedado de la cabaña que se parecía a un cielo, con sus mosaicos azules y blancos. A mi derecha, pero en otra cama, se encontraba Jason, quien parecía dormir plácidamente. Eso me frustró aún más.

Quizás fuese producto de mi imaginación, o tal vez fuese un sueño aunque no recuerdo haber tenido uno donde mis sentidos hubiesen estado al cien por cien. Estaba acostado sobre mi litera cuando un trueno retumbó y entonces me pareció ver que la estatua de seis metros de Zeus que se encontraba allí dentro, comenzaba a encogerse. Sí, definitivamente se estaba encogiendo hasta que obtuvo el tamaño de un hombre adulto. Luego de eso, comenzó a acercarse a mí mientras perdía cada vez más la apariencia de piedra y comenzaba a verse más humano, hasta que finalmente tuve frente a mí a mi padre, al Rey del Olimpo.

Yo estaba muy sorprendido y no sabía qué decir. Las pocas y únicas veces que mi padre me había visitado habían sido como alguien «normal», pero no recordaba que se hubiese transformado de estatua de piedra de seis metros a un dios de carne y hueso con la altura de un hombre adulto. Sin embargo, seguía estando como lo recordaba: cabello rubio y algo largo, ojos azules casi eléctricos, alto, musculoso e imponente. El aire a su alrededor continuaba oliendo a ozono, y en esta ocasión se encontraba vestido como la estatua: con una larga túnica blanca como usaban los antiguos reyes griegos.

―Padre― conseguí decir.

Miré a Jason y él continuaba durmiendo, como si no hubiese sucedido nada. Entonces volví a mirar a mi padre de una forma algo seria. Quería parecer molesto, enfadado con él por no venir a visitarme, pero era mi padre, no podía evitar alegrarme cada vez que lo veía. Así que terminé sonriendo un poco. Para mi sorpresa, él también sonrió de medio lado. No obstante, ni siquiera eso le quitaba la apariencia imponente y autoritaria.

―Ethan, hijo mío, estás a punto de embarcarte en una misión muy importante, de la cual seguramente no sobrevivirás, ni tú ni tus amigos.

Guau, me impresionaba el apoyo y la confianza que mi padre me tenía. En ese momento tenía ganas de gritarle en la cara: «¿Sólo viniste a decirme eso? Gracias, eso si que es muy paternal» Sin embargo, me quedé callado, esperando que continuara.

―Sin embargo, quiero que sepas en todo momento contarán con mi apoyo y el de muchos otros dioses― bueno, debía de reconocer que comenzaba a mejorar ―Aunque otros querrán impedir que ustedes lleven a cabo su misión. Yo domino los cielos, por lo que les puedo asegurar a ti y a tus amigos un viaje seguro en avión desde Nueva York hasta Londres, el resto de su viaje deberán de arreglárselas solos o con un poco de ayuda de los dioses que están de nuestro lado. De todas formas, trataré de ayudarlos en todo lo que pueda.

Me quedé pensando intensamente durante unos largos segundos, asimilando todo lo que mi padre me estaba diciendo, pues, no todos los días él se presentaba ante mí y se mostraba con tanta amabilidad.

―Dijiste «los dioses que están de nuestro lado». ¿Eso quiere decir que hay otros que están en contra?― razoné.

Mi padre me miró como diciendo: «Qué listo eres», lo cual hizo que en realidad me sintiera como un tonto.

―Hay muchos que creen que una guerra entre dioses y mortales acabaría con todo esto. Muchos confían en su poder y creen que es superior a todas las armas juntas de los mortales, lo cual eso les garantizaría una clara victoria― contestó Zeus ―Piensan que, si los dioses ganan y los mortales pierden, ellos no tendrán otra más que volver a creer en nosotros y tenernos respeto. Quieren volver a reconstruir el mundo y a toda la humanidad, comenzar desde cero en una nueva era donde los dioses griegos somos respetados. Pero no se dan cuenta que una guerra entre humanos y dioses serían devastadora. Además, hay muchos semidioses que actualmente son presidentes o personalidades importantes. Si una guerra se desata, esos países dirigidos por semidioses sin duda estarán de nuestra parte, aunque otros quizás apoyen la guerra para que los dioses ganen. Sólo imagina: sería la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, una guerra de ese tipo podría...

―Destruir a todo el mundo― adiviné.

Si no había un mundo donde vivir, tampoco existirían humanos que pudiesen respetar a los dioses. Entonces todo habría sido en vano, se habría desatado una guerra para nada. Ahora podía darme cuenta la inteligencia que muchos dioses tenían.

―Pero nosotros vamos a impedir eso― ni siquiera yo podía creer que estuviese hablando en un tono tan seguro como ese ―El mundo no será destruido y todo volverá a ser como antes.

Zeus sonrió. No sé por qué, pero tenía tantas ganas de poder salir victorioso en esta cruzada. Quería demostrarle a mi padre qué tan buen líder podía ser, así como él lo era. Quería que él se sintiera orgulloso de mí.

―Bien, ya es hora de que me vaya― anunció y entonces hizo aparecer una especie de papeles rectangulares ―Pero antes quiero darte esto. Son boletos de avión de Nueva York a Londres.

Yo los tomé sin saber qué decir. Les eché una ojeada por arriba y vi que todos eran boletos de primera clase. Además, según pude contarlos rápidamente, los boletos que me había dado eran diez en total, y en realidad nosotros eramos ocho.

―Encontrarán a dos personas más en su camino al aeropuerto de Nueva York, un adulto en realidad― dijo Zeus tras leerme la expresión ―Él los acompañará en toda su misión y los protegerá. Además, no creíste que los dejaría ir así como así a ocho chicos solos en un avión y en primera clase. ¿Qué pensarían las personas?― yo volví a sonreír ―Confío en ti, Ethan.

Después de eso, él comenzó a dirigirse hacia el lugar donde se encontraba antes cuando era una estatua. Al llegar allí, apareció un escudo en su mano izquierda y su rayo en la mano derecha, y entonces adoptó la posición que tenía anteriormente (el escudo a un lado y el rayo levantado como si quisiera castigar alguien). Después, comenzó a crecer cada vez más hasta tomar una altura de seis metros. Entonces, un trueno retumbó nuevamente y mi padre volvió a ser completamente de piedra.

Me quedé mirando durante un rato la estatua de Zeus. Todo parecía que había sido un sueño aunque, sin embargo, todavía tenía los diez boletos de primera clase que mi padre me había obsequiado. Miré a mi derecha, Jason todavía dormía como si no hubiese pasado nada. Luego, volví la mirada hacia el pedazo de noche que se podía ver a través de la entrada de la cabaña; calculaba que faltarían dos horas y media como mucho para que el sol saliera, por lo que era mejor que me pusiera a dormir cuanto antes. Entonces me levanté y guardé los boletos en mi mochila y, al volver hasta mi cama, me detuve frente a la estatua de mi padre y la acaricié.

―No te preocupes, papá. Restauraremos la paz, cueste lo que cueste― prometí. Estaba consciente de que las promesas y juramentos tenían una carga muy pesada, pero no me importaba. Las palabras de mi padre todavía resonaban en mi mente: Confío en ti. No le iba a fallar a mi padre, estaba dispuesto a hacer lo que fuese necesario para salvar al mundo.

◊ ◊ ◊

Desperté casi media hora después que el sol hubiese salido, y eso porque Jason me había comenzado a mover para que me despertara porque si no hubiese continuado durmiendo lo más tranquilo. Al principio me había olvidado completamente de nuestra misión, seguramente porque todavía estaba dormido, pero cuando escuché a Jason decir que los chicos me estaban esperando fue lo único que se necesitó para que me despertara del todo. Abrí bien grandes los ojos y entonces me levanté y vestí lo más rápido que pude para después colgarme mi mochila sobre el hombro izquierdo y salir fuera de la cabaña junto a Jason, quien me guió hacia el muelle, donde se encontraba el Argo II pronto para partir.

―Em... ¿chicos?... Creo que no vamos a necesitar el Argo II después de todo― les dije desde abajo.

Leo se acercó apresuradamente a la borda.

―¿De qué estás hablando?

No tuve otra más que contarle la visita que mi padre me había hecho la noche anterior y la charla que había tenido con él.

―Y, por último me dio esto― dije para finalizar. Entonces me descolgué la mochila y saqué los boletos de avión ―Son boletos de avión desde Nueva York a Londres, y de primera clase. Uno para cada uno. Mi padre me los dio. Dice que al ser el dios del cielo puede garantizarnos un viaje seguro hasta Londres.

Me sentí mal por todos ya que habían trabajado duramente preparando el barco para todo el viaje, y en especial por Leo, ya que parecía estar muy entusiasmado con la idea de volver a viajar en el Argo II. Sin embargo, mi padre ya nos había regalado boletos de primera clase asegurándonos un viaje seguro. Eso no lo podíamos desperdiciar así como así, aunque solamente fuese hasta Londres.

Así que todos volvieron a bajar del barco y comenzamos a dirigirnos hacia el Pino de Thalia, la frontera del campamento con el mundo de los mortales, aunque poco a poco se dejaba de distinguir lo que era «humano» y lo que no. Al llegar a la colina, me di vuelta y observé todo el valle desde allí; las cabañas, el estrecho de Long Island, la cancha de voleibol, los establos, todo el campamento en general.

Inspiré profundamente el aroma del bosque, quizás fuese lo última vez que viese al campamento.





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Re: Agua y Aceite

Mensaje por Force el Mar Mayo 10, 2016 10:49 pm

Hola Amigo.
Que triste fin del capitulo debo decir. Bueno algunas cosas no pueden finalizarse Leo. 
A pesar de haber comenzado a leerlo hoy. Me encanto.
Soy un muy buen Lector. Quisas no escritor pero en eso estoy. 
(Algo que me encanto fue que unieras esas dos fantásticas historias, ya que amo a Percy Jakson, claro que la película ¡Jaja!)

Que triste que en ELDS (Quien sepa que sea eso, pero bueno) No hayas recibido respuestas, esta muy bien narrado. 


Saludos Idolo!
  
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Re: Agua y Aceite

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